
Paco Puebla Pestaña
E S C R I T O R
Mi nombre completo es Francisco Manuel Puebla Pestaña, aunque solo mis padres me llamasen por él. Para el resto del mundo siempre fui simplemente Paco. Nací el 10 de junio de 1965 bajo el signo de géminis en la maternidad de O´Donnell de Madrid. Cuando lo hice, mi hermano mayor, Pedro, ya me estaba esperando desde hacía poco más de cuatro años.
Mi infancia transcurrió a partes iguales entre el bulevar del Puente de Vallecas, lugar donde vivía mi abuela, y Cuatro Caminos, lugar donde mis padres establecieron la residencia familiar.
Estudie la E.G.B. en el colegio San Antonio de la Calle Bravo Murillo y el Bachillerato en el famoso y centenario Instituto San Isidro.
Más tarde me licencié en Geografía e Historia en la rama de Historia del Arte, en la Universidad Complutense de Madrid. Y después obtuve la titulación de Técnico Superior en Biblioteconomía, Archivística y Documentación.
Desde mi infancia empecé a cultivar poco más o menos, las mismas inquietudes que tengo en estos mismos momentos. Las cuales he ido desarrollando sucesivamente o a la vez en distintos momentos de mi vida.
Entre estas inquietudes…
La historia, pero no con la que habitualmente se nos adoctrina en los centros de educación y que las más de las veces consiste en una sucesión lastimosa de fechas de batallas, guerras y coronaciones, sino la meta historia que se esconde tras los hechos concretos. Aquella que explica el por qué se suceden esos hechos, quien los promueve, quien sale beneficiado y porqué se sucedieron de esa manera y no de otra. La historia es solo una, aunque luego cada cual la explique a su manera dependiendo de sus motivaciones.
Y dentro de la historia, dos ramas muy concretas de ella siempre me atrajeron sobre manera: la religión y la mitología.
El arte siempre me llamó la atención, sobre todo, en su faceta arquitectónica. El paso del tiempo me llevó a darme cuenta de que lo que realmente me llamaba la atención no era la estética, puramente entendida, sino las razones para que unos edificios fuesen concretamente de la manera en que fueron construidos: sus materiales, su estructura, sus elementos arquitectónicos, su disposición geográfica, sus métodos constructivos. En resumen, las razones por las que fueron construidos de esa manera y en los lugares concretos donde fueron construidos. Y para entender estas razones tuve que abarcar otro tipo de estudios que me llevaron a tratar de entender aspectos como la geobiología, la radiestesia y la arquitectura y geometría sagrada. Y a pesar de la evidente atracción que estos edificios ejercen sobre mí, me di cuenta de que nuestra verdadera conexión con los mundos espirituales se fastidió en el momento en que el ser humano comenzó a construir templos en piedra. Los templos de los dioses.

Desde pequeño, siempre me recuerdo escribiendo, aunque solo en época muy reciente comencé a dar a conocer aquello que escribía.
También desde pequeño me recuerdo leyendo todo lo que caía en mis manos y que tenía que ver con eso que por entonces se denominaba ocultismo o esoterismo. Mi biblioteca fue engordando con todo tipo de obras de autores concretos como Gurdieff, Crowley, Blavastsky, Evola, Steiner y otros mucho menos conocidos. Devoraba a cualquier autor que pudiese saber de qué hablaba cuando escribía sobre esos mundos no visibles.
Con el tiempo, esas lecturas se transformaron en una búsqueda espiritual propia y personal, alejada del concepto de religión, no solo de las dominantes y dogmáticas sino también de aquellas que pasaban por ser “antireligiones”, pues tanto unas como otras estaban basadas en el culto a unas entidades, que no han traído bien al ser humano a lo largo de su historia.
El tiempo me hizo darme cuenta también, de lo equivocados que estamos, en general, cuando hablamos o queremos hablar de espiritualidad. Una equivocación premeditada, que nos lleva siempre hacia terrenos pantanosos e insalubres, que suele esconder asuntos incómodos que tienen que ver con eso que los orientales denominan “maya” o “ilusión”. Y que lo verdaderamente importante de una búsqueda espiritual es darnos cuenta de la existencia de esta gran ilusión y sobre todo de cómo trascenderla, de cómo escaparnos de esta “bella cárcel” que ha sido puesta ante nuestros ojos para confundirnos, manipularnos y someternos. Así es como entiendo yo “lo espiritual”. No quiero decir con ello que los demás estén equivocados y yo sea el único poseedor de la verdad. Lo único que quiero decir es que esa es mi visión.
Y también, desde pequeño comencé a practicar artes marciales, sobre todo karate (aunque con el tiempo toqué muchos palos distintos de ese gran mundo marcial, aunque casi siempre con un enfoque dirigido hacia eso que genéricamente se conoce como Defensa Personal) y a interesarse específicamente por la antigua espiritualidad japonesa sobre todo ligada al shintoismo y al budismo tanto zen como shingon. Mas que un artista marcial, me considero un “artesano marcial”, en contraposición con lo que yo considero un verdadero “artista marcial”. Alguien que lleva toda su vida practicando artes marciales, y que evidentemente, algo ha logrado aprender a lo largo de ellos, pero que está a años luz de la maestría. Soy un creador de sencillas vasijas de barro en un torno alfarero, comparado con el renacentista Miguel Ángel.
Ya en la adolescencia comencé a desarrollar una faceta musical que empezó como una especie de sello de rebeldía juvenil unido a una necesidad creativa, pero que se transformó en algo relativamente más serio y que me llevó casi a la exclusividad durante muchos años. Esta faceta la puedes ver con más detalle en el apartado “la música y yo”.
Literatura, música, espiritualidad, mística, Historia, arte, mitología y artes marciales.
Surjo de la confluencia de todo ello.
Como escritor y lector siempre disfruté con escritores como H. P. Lovecraft y su círculo literario, con Edgar Allan Poe y otros escritores de horror gótico, con Gustavo Adolfo Bécquer, o con personajes multifacéticos y transgresores como Austin Osman Spare, Aleister Crowley, María de Naglowska, María Orsic, John Lilly, Eames Demetrios o Alan Moore…siempre caminando por senderos paralelos y oscuros de la vida. Por caminos subversivos y provocadores.
Y esos mismos gustos los encontré en el mundo del cine, sobre todo en las viejas películas de terror en blanco y negro de la Universal, en la ciencia ficción de serie B de los años 50 y 60, en las viejas películas de terror psicodélico de Roger Corman o en las de la productora Hammer. O en cineastas freakys minoritarios del genero de terror de los años 60 y 70 como el brasileño José Mojica Marins, el francés Jean Rollin o el español Paul Naschy cultivadores de películas de ínfimos presupuestos, rodadas por la vía exprés, fuera de los circuitos comerciales mayoritarios, pero con una perseverancia y productividad casi sobrenatural.
Como artista, siempre me gustaron los personajes únicos, crepusculares, atormentados, transgresores y subversivos. Como también, siempre tuve un humor bastante negro y fúnebre. Soy así.
Tengo tendencia a ponerme muy serio, cual enterrador, cuando tengo que posar para una fotografía, cuando mi rostro natural suele ser bastante sonriente. No puedo evitarlo. Soy pura contradicción. Soy pura paradoja. Cada uno venimos conformado como venimos conformados. Durante mucho tiempo vi irreconciliables esos dos extremos de mi vida. La del personaje crepuscular y outsider, amante del lado oscuro y transgresor de la vida, y la del ser humano tranquilo, amante de las viejas bibliotecas, parsimonioso, compasivo y buscador espiritual.
Durante mucho tiempo creí que ambas facetas eran irreconciliables…pero no lo son.
Por mis gustos me conoceréis.
Siempre tuve debilidad por las cosas aparentemente “mal hechas” y cutres… Pero independientes. Da igual que fuese en la literatura, en el cine o en la música.
Musicalmente siempre me gustaron lo malos que podían llegar a ser The Cramps… Y sin embargo, aún los sigo escuchando. Disfruto con Diamanda Galás, sobre todo cuando la oigo aporrear el piano y desgarrarse la garganta con los lamentos que salen de su voz. Con el country más depresivo y árido del último Johnny Cash. Con el órgano Vox de The Animals. Con los blues más primitivos del Misisipi o con el jazz más triste de Nueva Orleans. Con una voz ronca y desgarradora que arpegia repetitivamente una guitarra. Con los gospel y espirituales, tocados con un viejo órgano de iglesia. Con una percusión étnica y visceral que sale de las entrañas. Con esas trompetas con sordina que acompañaban algunos viejos corridos mejicanos. Soy el que se engancha a decimonónicas imágenes victorianas. Soy el que siente un extraño placer cuando pasea por viejos y destartalados cementerios donde lo truculento se une a lo irracional. O el amante de lo grotesco, lo freak o los ambientes más lúgubres e insanos.
Todo eso soy yo.
Sigo siendo un adolescente en algunos aspectos.
También soy ese anarquista utópico (o incluso distópico) independiente y que no necesita amo. A mis ancestros debo sin duda esta y otras muchas características de mi personalidad. Soy digno (o indigno, vete tú a saber) descendiente del anarcosindicalista Ángel Pestaña, aunque jamás me haya interesado ni lo más mínimo la política. Mi anarquismo es utópico, social, pacífico e interno y alejado de ideologías. Que considera que cuando algo social se convierte en político, ya ha perdido la batalla. Porque la política, como la justicia, solo fueron creadas como sistemas de control de las masas. A pesar de que se me sigue revolviendo el estómago ante la injusticia. Sea la que sea. Sobre todo, la injusticia que se ejerce desde el poder (sea el que sea que esté en él) hacia los de más abajo. La injusticia y el ansia de poder que ha regado de sangre y sufrimiento las tierras del planeta desde hace milenios. La injusticia que creó la Justicia para que los poderosos sigan eternizándose en el poder, sustentado sobre la debilidad de los desamparados.
Pero junto a todo esto, también soy el ser tremendamente empático que se emociona con el sufrimiento ajeno. El que prefiere caerse para evitar que se caigan los demás. El que busca pretenciosamente los verdaderos orígenes del ser humano. El que busca respuestas al porqué el ser humano es como es. El que se queda prendado con cualquier cosa que tenga que ver con el antiguo Egipto. El que disfruta meditando en su sillón orejero. El que busca el silencio casi tanto como la visceralidad primitiva. El que busca el antiguo y arcano conocimiento como un viejo y medieval mago toledano. El que busca la sencillez y se aleja de lo complejo, porque un día se dio cuenta de que la esencia solo puede encontrarse en lo sencillo, no en lo premeditadamente enrevesado. Alguien que prefiere cuatro palabras claras y salidas del corazón que mil páginas intragables salidas de la mente.
Todo eso soy yo.
Durante mucho tiempo creí que todas estas facetas eran irreconciliables…pero poco a poco he ido consiguiendo que no lo sean.
El paso del tiempo me ha traído la tranquilidad y el entendimiento necesario para que todas ellas se pudiesen conciliar. Me ha traído la capacidad para que las distintas caras de esos personajes que conforman ese poliedro de facetas tan distintas que siempre he sido YO, se miren amigablemente e incluso con cariño.